Saru Hernández. ilustradora de Bibliomanía

Bibliomanía. Diego Pun. Barcelona

En Bibliomanía, Saru Hernández rescata una leyenda decimonónica y la transforma en un libro ilustrado cargado de atmósfera, símbolos y mariposas azules. Publicado por Diego Pun Ediciones en colaboración con Ediciones Idea, el proyecto devuelve a la vida una historia olvidada a través de imágenes que mezclan lo inquietante y lo poético, fruto de un proceso que la ilustradora comenzó durante su máster en Italia y que ahora encuentra su casa en Canarias. El texto es una traducción de Gustave Flaubert, que firmó este relato con tan solo 15 años

¿Cómo descubrió esta historia?

“Todo se remonta a 2019, cuando cursaba en Italia el máster en ilustración editorial ‘Ars in Fabula’. Una editorial suiza mostró interés en mi trabajo y me propuso este encargo. El problema es que poco después nos sobrevino la pandemia y se cayó el proyecto”.

¿Acogió el proyecto de buen grado?

“Al principio me sorprendió un poco que pensaran en mí para este trabajo porque no veía mucha relación con mi estilo. En cierto modo, es una historia un poco macabra. Lo que ocurre en el subtexto no es muy evidente, pero luego empiezas a atar cabos y… no resulta muy dulce. Cuando me empecé a informar, me pareció superinteresante porque el relato parte de una leyenda que circulaba en Europa durante el siglo XIX acerca de un librero asesino de Barcelona. Muchos escritores de la época escribieron su propia versión del mito, entre ellos, Gustave Flaubert, con solo 15 años”.

¿Y cómo ha terminado en manos de Diego Pun Ediciones?

“Hace un par de años empecé a colaborar con Ediciones Idea. Cuando le enseñé el libro a su editor, Francisco Pomares, le encantó el proyecto y se ofreció a compartirlo con Cayetano Cordovés, el editor de Diego Pun Ediciones, una casa especializada en literatura infantil y juvenil que cuida mucho el apartado visual”.

¿Qué le atrajo de la propuesta?

“Me encanta la forma en la que está narrada la historia porque tienes que leer entre líneas para entender lo que está sucediendo. Como era mi proyecto de máster, le di muchísimas vueltas al texto. Una de las decisiones que tomé fue añadir pequeñas pistas, miguitas de pan para que el lector descubriera que realmente el protagonista es un asesino. Trabajar todo un año en un proyecto no es un lujo que puedo permitirme generalmente. Aproveché el tiempo para desarrollar la técnica, hacer bocetos y desarrollar ideas. La clave, para mí, fue una frase que decía que, al ver arder la casa de su enemigo, el protagonista sentía la felicidad de un niño que le arranca las alas de una mariposa. A partir de ahí, decidí llenar el libro de estas mariposas azules como símbolo de las personas que el librero va asesinando para aumentar su colección”.

El protagonista es un bibliófilo empedernido. ¿Comparte su pasión?

“Sin duda. Al principio, quería ilustrarlo todo. Me entusiasmaba la descripción del amor que siente el personaje por el libro objeto. En algunas versiones, el monje es analfabeto, ni siquiera sabe leer. Lo que le asombra de los libros es su belleza, los textos manuscritos, hechos a mano, contemplar la cubierta, sentir el tacto del papel, su aroma… Este es mi detalle favorito de la historia”.

¿Cómo fue el proceso de recrear el ambiente?

“Intenté investigar sobre la Barcelona decimonónica, pero es una ciudad que ha cambiado mucho y eso me volvía loca. Al final me fui a las pinturas de Sorolla y atrapé algunos detalles de ellas. Decidí no ser del todo fiel a la época, sino mezclar elementos reales con otros inventados de tal modo que evocara a un pasado incierto. Me inspiré en trajes típicos de toda España, también en dibujos y pinturas de la época. Hay, por ejemplo, algún guiño a Goya. Pero también introduje los naifes o cuchillos canarios. El reto era retrotraer al lector al pasado y, al mismo tiempo, crear un mundo propio”.

El libro está repleto de figuras humanas. ¿Disfruta dibujándolas?

“Más y más, sí. De hecho, hoy en día me dedico también a la ilustración en vivo en eventos. La figura humana me interesa. Y, en concreto, la de los niños. Creo que hacen cosas extrañas, que los adultos no hacemos. Un niño en la playa siempre está haciendo algún gesto raro con su cuerpo. Me gusta mucho observar e intentar dibujar esa forma. Algunas ilustraciones las hice recientemente, así que he podido sentir mi propia evolución. Eso sí, siempre manteniendo el estilo”.

Entre los juegos metaficcionales, destaca una lectura del protagonista: Mémoires d’un fou, una novela de juventud de Flaubert. ¿Le interesa su figura?

“Para mí era crucial tener muy presente al autor. De algún modo he modificado su obra y la he hecho mía, por eso quería darle su espacio entre las páginas del libro. Como ese, disfruto escondiendo otros detalles en las ilustraciones para que el lector atento se dé cuenta y despierte su curiosidad. ¿Quizás también es una cuestión de bibliomanía?”.

¿Qué me puede contar sobre la técnica?

“El libro coincide con el año en que empecé con la acuarela, gracias al director del máster. Pasé todo el curso experimentando con ella y con la mezcla. Algo que me decía a menudo es que siempre intentaba quitar la línea, pero que precisamente mi punto fuerte era la expresividad del trazo y era algo que debía mantener. Desde entonces, no he dejado de utilizar los lápices de colores sobre la acuarela, o incluso pasteles, para recrear la atmósfera. Con este libro perdí el miedo a la técnica mixta”.

¿Qué siente haber aportado a la historia?

“Es muy diferente pintar un cuadro a ilustrar un libro. Debes mantener una narrativa, tener en cuenta los page turns o giros de página… Era una enorme responsabilidad traerlo de nuevo a la vida. En su momento, fue una leyenda muy popular, pero ahora ha caído en el olvido. Creo que todos los ilustradores ponemos una parte de nosotros en nuestro trabajo. En este caso, mi cultura y mis vivencias, mi infancia en Canarias, el gusto por las historias de antes… Esas pequeñas cosas también influyen en la forma de transmitir la historia y, con suerte, emocionar al lector”.

¿Qué lector imagina para este relato ilustrado?

“Pienso en un adolescente o joven adulto. La novela gráfica es un género que ha calado entre el público adulto, pero el libro ilustrado o el álbum sigue considerándose como un género exclusivamente infantil. Creo que los adultos pueden ahondar en las distintas capas de lectura y disfrutar de las historias ilustradas de una forma diferente a la que lo hace un niño”.

¿Su último brote de bibliomanía?

“Uf, la lista es larguísima. Mis últimas obsesiones son Felicita Sala, Julia Sardá, Mónica Barengo y Rebecca Green. Son muy diferentes entre ellas, pero adoro la expresividad, la originalidad y el nivel de detalle de sus ilustraciones. Admiro su capacidad no solo de complementar el texto, sino de volverlo más grande con sus imágenes. Me siento muy inspirada por todas ellas”.

Entrevista de Ricardo Marrero Gil

 

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